jueves, 28 de agosto de 2008

PRIMER PARCIAL

LA IMPORTANCIA DE LA CONCIENCIA ÉTICA COMO RECTORA DE LAS CONDUCTAS
HUMANAS.

"La enseñanza que deja huella
no es la que se hace de cabeza a cabeza,
sino de corazón a corazón".
Hendricks, Howard G.

Como socióloga, me encuentro en estos momentos en la disyuntiva de escribir sobre algo que creo ha ido desapareciendo poco a poco de nuestra sociedad, lo que me genera una especie de incertidumbre sobre como escribir sobre algo (la conciencia ética) que creo no es un valor que guíe la mayoría de nuestras conductas, sin embargo, al mismo tiempo, como docente me siento con la obligación no sólo de escribir para rescatar la importancia de desarrollar esta conciencia, sino de actuar en consecuencia de ella, cuestión que considero vital para el perfeccionamiento no sólo de la sociedad en su conjunto, sino de los individuos que conformamos parte de ella.

Contrario a lo que debería ser, la ética fundamentada sobre las normas y valores morales considerados necesarios en una sociedad, no es la que rige la mayoría de las conductas humanas, sobre todo en sociedades como la nuestra, donde la pérdida de estos valores como producto de prácticas corruptoras que hacen ver que “las reglas son para romperse”, consideran que la ética no tiene cabida ya que más que darle al individuo ventajas sobre los demás se las quita.

Es sobre este punto que considero que el gran problema de la falta de una conciencia ética en los individuos, parte del poco respeto que les tenemos a los demás y que muchas veces parte del poco respeto que nos tenemos a nosotros mismos, esta idea muy bien sintetizada por Edgar Morín cuando señala “la incomprensión de sí mismo es una fuente muy importante de la incomprensión de los demás” (Morín, 1999,p. 4).

Es por esto que el gran reto de la educación en el mundo moderno, -un mundo cada vez más tecnologizado, más impersonal, donde los contactos entre personas se dan ya a través de máquinas, donde las personas valen por lo que consumen y no por lo que son y donde las máquinas nos controlan a nosotros y no nosotros a ellas,- será el de rescatar el valor del hombre como creador de todo, como el centro de todos los procesos, un regreso al humanismo, un humanismo que no caiga en egocentrismos, que comprenda al hombre como sujeto y objeto del mundo mismo, un hombre que como señala Albert Camus, tiene más de admirable que de despreciable, y que paradójicamente ha sido denostado y defenestrado por sí mismo, y eso lo podemos ver claramente cuando vemos hombres matándose entre sí, algunas veces con objetivos claros y específicos y otras tantas por el simple placer de aniquilación que a veces puede más que ese instinto de supervivencia que deberíamos extender hacia los demás y no solo quedárnoslo para nosotros mismos.

La educación en los últimos tiempos, se ha preocupado por desarrollar la parte utilitarista del proceso, nos preocupamos por enseñarles a los niños y jóvenes una serie de conocimientos con la simple finalidad de que un futuro les sirvan para desarrollarlas en un área laboral, pero poco nos hemos preocupado por lograr que dichos conocimientos le sirvan en su formación humana, en su formación como persona, en la formación de su personalidad, olvidando con ello, tres de las grandes dimensiones que conforman al hombre: la espiritual, la moral e incluso la física, en aras de darle preferencia sólo a la intelectual.

Es por ello, que resulta básico para mí retomar la idea de Edgar Morín, de rescatar la parte espiritual del proceso educativo, partiendo de la base que la verdadera esencia del hombre se encuentra en su espíritu, en su valor como ser humano, en lo que verdaderamente importa de él, sus ideas, sus sentimientos y los valores que la sociedad ha interiorizado en él a través de la educación pero que deben ser comprendidos por él como la mejor forma de perfeccionarse como ser humano y por ende, de desarrollarse en sociedad, sobre esta idea, Morín señala “la misión espiritual de la educación es enseñar la comprensión entre las personas como condición y garantía de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad” ” (Morín, 1999,p. 2)

En este momento de mi análisis, me preguntó. ¿Cuándo perdimos como sociedad la conciencia ética como base de nuestras conductas?.

Como ciudadana y como socióloga me enfrento cada día al hecho de que las conductas negativas son consideradas por todos como “normales”, el hecho de que la concepción que tenemos de nosotros mismos sea la de Tomas Hobbes que señalaba: “El hombre es el lobo del hombre”, me lleva a pensar si realmente las personas podemos vivir con esta pérdida de valores tan profunda y no sentir temor por ello, y sobre todo con esa desconfianza no sólo en los demás sino incluso en nosotros mismos.

La educación del siglo XXI, debe asumir su misión espiritual que como señala Morín debe llevarnos a resaltar la importancia de la comprensión entre los seres humanos, esto no implica el perder de vista, que este tipo de aprendizajes en su mayoría deben estar soportados sobre las funciones básicas de socialización familiares y que sin embargo, ante la falta de interés de esta institución en general o por la incapacidad que muchas de ellas sienten en lo particular de inculcar este tipo de aprendizajes, no es válido que la escuela se desentienda también en este sentido, sin embargo, es triste ver que la mayoría de los procesos educativos se soportan sobre la base de la competencia mal entendida; desde los salones escolares nos enseñan a ver a los otros como rivales y no como compañeros, desde ahí sabemos que no somos iguales partiendo del hecho que existen niños de honor resaltados en un cuadro que se convierte en la gran obsesión de muchos por existir, empezando con ello a aprender que no valemos por lo que somos sino por lo que hacemos, por lo que parecemos o por lo que tenemos, esto que no sólo afecta los desarrollos escolares enfocados a lo intelectual –pensemos cuantos alumnos se dan por vencidos por no poder alcanzar los estándares de excelencia que los profesores marcamos- sino también aquellos enfocados a lo personal, no sólo pierdo mi propia autoestima sino que además desconfío y compito con aquellos que son al igual que yo, seres humanos y sobre todo compañeros del mismo barco, la sociedad.

Esta falta de empatía, de identificación y de proyección, que como señala Morín, son fundamentales para el proceso de comprensión de los demás, es lo que nos lleva a no darles el mismo valor que nos damos a nosotros, es aquel que nos lleva a “ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, el que conduce a muchos individuos en los ámbitos educativos, como señala Raúl Rojas Soriano en su obra: “El plagio en el trabajo científico”, “a apropiarse de ideas, información o aportaciones de diversos autores sin citar a éstos ni mencionar el nombre del título del libro o artículo correspondiente” (Rojas, 1992, p. 1), el que lleva a muchos maestros a no comprometerse con el aprendizaje de sus alumnos, partiendo muchas veces del hecho de que ni siquiera son expertos en aquello que enseñan, llevándonos esto a otro tipo de falta de ética, no sólo la de la conciencia, sino la profesional que debería llevarnos a no asumir funciones para las que no estamos preparados; todos estos fenómenos de incomprensión de los demás y hacia los demás son los que nos llevan a dejar de lado lo que le da sentido al mundo en el que nos movemos, las relaciones interpersonales como base del desarrollo de las culturas.

La conjunción de las incomprensiones, la intelectual y la humana, la individual y la colectiva, señala Edgar Morín en “Los siete saberes necesarios”, constituyen obstáculos mayores para el mejoramiento de las relaciones entre los individuos, grupos, pueblos, naciones. ” (Morín, 1999, p. 5)

Es triste ver como los fenómenos mundiales, están plagados de las luchas de los hombres contra los hombres por cosas mezquinas como el poder y el dinero, que alegando derechos de defensa, unos países se sienten con el derecho de invadir otros y no conforme con ello se dan el lujo de quitar vidas humanas por la incomprensión y el miedo que les da lo desconocido, olvidando que lo que en realidad importa es la vida como tal y no las distintas formas de pensamiento que adopte cada una de ellas como resultado de lo diverso de las culturas, siendo esto también parte de lo valioso de la vida humana, las creaciones tan diversas y distintas de hombres que existen y que enriquecen más la vida de unos y otros.

El hombre en la actualidad habla de fenómenos como la globalización y acuña términos como el de aldea global para referirse a la creciente interdependencia que existe entre los hombres como producto de las interacciones tan eficaces que las nuevas tecnologías nos permiten tener, y sin embargo, la cercanía que nos dan las tecnologías son a su vez lejanías cuando no somos capaces de compartir valores fundamentales entre nosotros como el amor al prójimo, base de cualquier conducta soportada sobre la ética, y que debería ser, como bien señala Morín,” la única y verdadera mundialización que estaría al servicio del género humano, la de la comprensión y la de la solidaridad intelectual y moral de la humanidad” ” (Morín, 1999, p. 7)

La humanidad debe convertirse en una característica del hombre y no en un sustantivo que pronunciamos sin siquiera saber qué implica, sin embargo, para lograrlo debemos empezar por crear esa conciencia ética que como señalé al principio de este desarrollo, hemos ido perdiendo poco a poco.
¿Cómo crearla?, sólo a través de la concientización que hagamos de lo que nos ha costado como sociedad el haberla perdido, de que la violencia que vivimos todos los días tiene su origen en esta pérdida y que mientras sigamos viviendo con ella, las distintas formas que se desarrollen al interior de la sociedad, estarán más encaminadas a extinguir al hombre más que a preservarlo.

Esa conciencia debe partir de nosotros mismos para con ello predicar con el ejemplo, en alguna ocasión en un curso que tomé sobre la importancia de la labor docente, el ponente señaló: No se enseña lo que se sabe, se enseña lo que se es, cuestión que considero fundamental comprender para entender que sólo a través del ejemplo se puede inculcar en los demás esta conciencia perdida.

Este interiorizar la conciencia ética, debe pernear todas y cada una de nuestras distintas facetas, las humanas y las profesionales, y es en este sentido, en el que quisiera concluir este ensayo, proponiendo una serie de acciones que como parte integrante de una familia, que como maestra y que como investigadora pienso implementar en mis prácticas cotidianas, la mayoría de ellas ya aplicadas pero tal vez no concientizadas en el sentido de que no sólo yo debo llevarlas a cabo, sino hacer que los demás también lo hagan, no como una imposición ya que considero que lo que se impone en los demás nunca da buenos resultados, sino como una concientización por parte de ellos, de que sólo a través del desarrollo de este tipo de conciencias podemos ser mejores no sólo como personas sino también como sociedad.

Como parte integrante de una familia, en este caso asumiendo la función de hija, me siento orgullosa de decir, que no tendría que llevar a cabo ningún tipo de promoción de la conciencia ética porque es gracias a mi familia, que la mayoría de mis conductas han estado enfocadas a actuar de manera ética, habiendo recibido una serie de valores que no sólo me ayudaron a desarrollarme en el ámbito profesional sino también en el personal, sobre la base de que “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.

Como profesora, considero que si tengo una labor de promoción enorme, ya que la mayoría de mis alumnos consideran que las prácticas poco éticas, son eficaces y les generan una serie de beneficios que si fueran éticos no lograrían, es por ello que mi labor estaría enfocada a hacer notar a mis alumnos que la corrupción en la que vivimos es la causante de los grandes males sociales que padecemos, haciéndoles comprender que como seres humanos debemos buscar siempre la perfección y no la corrupción de nuestras personas y sobre todo que concienticen que aquello que no les gusta que les hagan o que les hicieran, ellos no tienen porque hacérselas a los demás; creo que logrando que asuman ésto, la mayoría de ellos podría evitar en lo sucesivo incurrir en conductas poco éticas, que más que enaltecerlos, los envilecen no sólo como parte de un grupo social sino como seres humanos.

Y en mi ámbito de investigadora, mi función de promoción de la conciencia ética, estaría soportada sobre el compromiso de aprender a desarrollar de manera adecuada la metodología de la investigación, logrando con ello un uso adecuado de los procesos de investigación, procurando siempre no contaminar mis investigaciones con mis prejuicios o ideas preconcebidas de los temas a los que he de dedicar mi interés, siendo mi interés y el compromiso por aportar nuevos conocimientos, no sólo la base de los resultados de mi trabajo sino la base de mi preocupación y de mi amor por la sociedad en la que he crecido y a la que por supuesto no quisiera ver desaparecer.

Es por esto que considero, que nuestro gran papel como educadores y no sólo porque seamos padres o profesores, sino por el simple hecho de ser en algún momento, sujetos de admiración y de imitación para alguien más, debe ir en la búsqueda por exaltar el valor de las personas y con ello la búsqueda porque sea sobre la ética que desarrollen la mayoría de sus conductas.

Será entonces como lo señala Morín, “la labor de la educación del futuro, lograr una reforma planetaria de las mentalidades en el desarrollo de la comprensión humana, y con ello, del valor de la ética como la guía de nuestro accionar en todos los ámbitos”. (Morín, 1999,p. 8)



REFERENCIAS

Rojas, R. (1992). Formación de investigadores educativos. México: Edit. Plaza y Valdés.

Morín, E. (1999). Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. UNESCO: Librería El Correo de la UNESCO.

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